Gente ordinaria. Dios Extraordinario.

Nunca imaginé que la vida de una comunidad parroquial pudiera ser tan pujante, boyante, floreciente. Los británicos usarían la palabra thriving para definir esa sensación. Mi parroquia is thriving, hasta el punto de tener una especie de tagline -tan propia de los proyectos empresariales o las marcas registradas: una especie de lema que la convierte en algo inconfundible-. Tan pronto como uno traspasa el umbral de entrada para participar en la Eucaristía dominical o cualesquiera servicios, algún miembro veterano de la congregación le entregará un folleto explicativo sobre la parroquia y se topará, directamente, con un Ordinary People. Extraordinary God. De repente, a uno le dan ganas de preguntar… ¿de dónde ha salido esta gente? No es habitual, de buenas a primeras, encontrarse en una comunidad en la que hay un lema.

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Pero aún hay más. El sentido de comunidad que esta gente profesa me parece interesantísimo. Porque lo que se ve a primera vista -que una mujer vestida de clergyman presida la Eucaristía o que el coadjutor lleve sotana hasta los pies- se queda en mera anécdota que en nada ensombrece lo importante: la congregación actúa como una familia en la que todo el mundo aporta y participa. Todos los miembros de la comunidad se sienten protagonistas del devenir de la congregación porque todos ellos, parafraseando a San Pablo, poseen diversos dones que vienen de lo alto y que, como diferentes miembros, enriquecen las capacidades del cuerpo humano que forman.

En la tercera semana alguien se me acercó. Al parecer me había escuchado cantar durante la Eucaristía dominical. Y me animó a enrolarme en el coro. No es un coro cualquiera, visten togas de color púrpura con capucha negra y se sientan en bancadas -a izquierda y derecha de la nave central, a escasos metros del altar-. El primer domingo en que acudí a la iglesia ví a sus miembros y sentí una gran envidia. Me pregunté qué tendría que hacer o cuánto tiempo tendría que pasar para convertirme en un miembro de la agrupación coral. La directora de la misma fue quien se me acerco y me pidió que acudiera al ensayo del viernes. Me colocó junto a los bajos y, al terminar el ensayo, me dijo, impertérrita, en su perfecto y académico inglés: “Gracias, Raúl, te veré este domingo”. Evidentemente, mi intervención no fue como para echar cohetes, pero, como Indurain, “estuve ahí”. Sin olvidar que, unas dos semanas después, uno de los miembros del coro que canta en mi bancada me invitó a acudir al ensayo del “otro coro”, es decir, de la Sociedad Coral que ensaya en el mismo hall de la parroquia, a escasos metros del templo, y que el 6 de mayo cumple 25 años. Y hete aquí que me veo, el martes por la tarde-noche, rodeado de primorosas y experimentadas voces en mis primeros compases como readmitido al canto coral después de no-sé-cuántos-años-en-el-dique-seco. ¿Es que esta gente se ha vuelto loca? No, quizá es que, simplemente, valoran mi talento o, en definitiva, ven en mi algo que en mi tierra natal no han visto. Quizá sea una cuestión cultural, no lo sé. Quizá sea demasiado pronto para saberlo.

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El ambiente es distendido en los corredores del edificio. Visto desde fuera, el templo se ve vetusto e imponente, estilo que coincide con el interior del templo. Pero las diferentes dependencias anejas al mismo, así como el cercano hall, son espacios funcionales y permiten la reunión de los parroquianos para diferentes menesteres que van más allá de la Eucaristía dominical. Aquí hay espacio para el chiste fácil y los aires socarrones, pero el respeto es máximo, ojo. Estamos en Inglaterra, y la buena educación, más que presuponerse, es un deber civil dentro y fuera de la Iglesia. Y, dado que lo cortés no quita lo valiente, teminada la Eucaristía, se sirve el café y el té. Para esta gente resultaría inconcecible que, a los pocos segundos de pronunciarse el “podéis ir en paz”, todos nos limitáramos a marcharnos, cada quien a su casa. No. El café y el té se han convertido en una especie de arraigado rito que lleva a las bancadas del templo a convertirse en espacio de tertulia, incluyendo los pertinentes saludos a quien acaba de llegar a la parroquia por primera vez -lo he vivido en carne propia y les aseguro que es el recibimiento más cálido que jamás me han dado en una comunidad parroquial-. De hecho, nunca jamás nadie lo había hecho antes. En esta congregación se mima a la gente. Al máximo.

El talante de la comunidad es abierto, acogedor y respetuoso con el distinto. A nadie se le pide que saque su carnet y se identifique como cristiano viejo, católico romano, protestante, anglicano, ortodoxo o, sencillamente, agnóstico o ateo. Las puertas de la parroquia están abiertas de modo que cada quien pueda sentirse como en casa. Y no es una pose para quedar bien, ni mucho menos: se puede leer en el folleto que figura en las bancadas. Sí, ese mismo en el que se invita al newcomer o al visitante de otra iglesia -literalmente- a que se auto-presente… durante el coffee/tea time y se habla de Ordinary People. Extraordinary God.

Después de veinte años vagando por el desierto de la fe, he vuelto a casa. O, mejor dicho aún, he encontrado mi casa y no pienso moverme de ella ni a tiros. Amén.

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