Reflexiones a propósito de la vida… y la muerte

Uno de mis tíos está a punto de morir anticipadamente, víctima de un cáncer más bien galopante que le afecta al esófago. La muerte es nuestro sino como seres humanos que somos. Pero es lamentable que haya personas que no alcancen la plenitud antes de dar ese paso; y, lo que también es muy triste, mueran antes de lo que habría sido deseable e incluso lógico desde un punto de vista de vista meramente fisiológico.

 

Sólo Dios sabe cuántos días o semanas le quedan. Por eso, antes de que la emoción me invada, prefiero hacer de modo anticipado algunas reflexiones al hilo del que parece ser su inminente deceso. Y, si sirve a modo de obituario, adelante pues.

  1. Mi tío no sacó el máximo meollo a la vida. Desoyendo los consejos del insigne profesor Keating -siempre lo recordaremos gracias a la película El Club de los Poetas Muertos-. En vez de explorar nuevos universos, se conformó con ver la vida pasar. Aún lo recuerdo viendo un documental sobre algún paraje paradisíaco y diciendo, con aire socarrón: “Es un sitio cojonudo, ¿verdad? Pues mírame, bien cómodo que estoy viéndolo desde el salón de mi casa”. En realidad, mi tío pasó los mejores años de su vida saliendo de su casa para ir al taller; del taller al bar; y del bar a su casa. Una vez jubilado, de su casa al bar y del bar a su casa. Salvo honrosísimas excepciones -y a falta de conocer cómo pasó su primera juventud y sus años antes de casarse con mi tía-, no fue a setas, no pescó, no cazó, no fue al monte, no fue al cine, no fue a bailar, no coleccionó sellos o monedas, no leyó, no cocinó en una sociedad gastronómica. Esta larga enumeración no está escogida al azar, sino inspirada en la vida de mi señor padre, pero que podría corresponderse con un buen número personas jubiladas o incluso sin jubilar.
  2. Mi tío fue un hombre triste que lo tuvo a su favor y que, sin embargo, no supo apreciarlo. Tuvo un buen empleo (fijo) como gemólogo-joyero; compró un buen apartamento; vivió una vida acomodada de clase media; tuvo hijos; y, sobre todo, una estupenda esposa que se desvivió por él, hasta el punto incluso de abandonar una prometedora carrera profesional en el sector del secretariado de dirección… Sin embargo, fue capaz de decir -según testimonio de mi tía-, ya en su jubilación, que la vida era una mierda. Que se lo diga a las decenas de miles de jóvenes estancados profesionalmente y sin apenas perspectivas.
  3. Mi tío se casó con una flor (mi tía) y, a base de frialdad e indiferencia hacia ella, la flor terminó marchitándose. La enfermedad física que sufre tiene probablemente origen genético, ya que tanto mi madre como dos de mis otras tías y quien fuera su madre, mi difunta abuela, también la han padecido. Sin embargo, la enfermedad mental de mi tía no fue causada precisamente por una herencia genética, sino probablemente por la toxicidad (créditos para el bueno de Bernardo Stamateas) de su marido. Su inminente fallecimiento podría representar una nueva oportunidad vital para ella… siempre y cuando los daños en su psiqué no sean ya irreversibles, cosa que está aún por ver.
  4. Mi tío castigó su salud hasta límites insospechados. Fumó como un carretero y bebió como un cosaco. Que el alcohol puede resultar una droga es algo que la ciencia médica ha demostrado hace tiempo, aunque en el caso del tabaco la evidencia aún más sostenida. Como todo el mundo sabe, fumar como si no hubiera mañana no implica necesariamente contrar un cáncer. Sin embargo, la ciencia médica ha sabido también demostrar que cada cigarrillo -con su correspondiente carga de arsénico, alquitrán y otras sustancias que prefiero no recordar (acabo de comer)- supone un boleto más en la gran rifa cancerígena. La pregunta que me surge (y no es la primera vez que aludo a ello) es: ¿Cuánto tiempo más dejaremos pasar antes de llevar a las empresas tabacaleras ante el Tribunal Internacional de La Haya bajo acusación de Crímenes contra la Humanidad?

A nadie le hace gracia celebrar un funeral cuando la vida que se va pudo ser distinta: más sana, más plena… No me cabe ninguna duda de que mi tío alcanzará la Gloria, a menos que haga gala -Dios no lo quiera- de una soberbia olímpica. Tout es pardonné. Estoy imaginando su cara de asombro mientras se dice a sí mismo, sonriendo: “La ostia, viví como un julay… pero hay que joderse, ¡la suerte que he tenido de llegar a donde ahora estoy!”. Así sea. Goian bego. Requiescat in pace.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: