Himnos y cervezas

La Iglesia no está reñida con el marketing. Algunos todavía no se han enterado y parecen aferrados a viejos modos de hacer las cosas. El motivo no es otro que la corrección política, línea roja que nunca debe traspasarse y que, en el caso de la Iglesia Católico Romana, coincide exactamente con ese insistente afán por no salirse de las normas pre-establecidas y que todo católico romano ha de obedecer.

En la Comunión Anglicana han comprendido que el marketing… religioso es la mejor alternativa a la descristianización de media Europa (¿dije “media Europa”? No, más bien la mayoría de Europa). Se buscan nuevos modos de comunicar y compartir la fe evangélica y huir de ese gran riesgo denominado “comunidades (eclesiales) – estufa”. Acuñado por algunos teólogos, entre ellos el insigne obispo de Ciudad Rodrigo y exprofesor de un servidor, mi tocayo Raúl Berzosa, el término hace referencia a la comunidad cristiana que trabaja de puertas adentro, tratando de fortalecer la fe de sus hermanos y buscando siempre el calor de la comunidad, cuales Pedro, Santiago y Juan en el Monte Tabor tratando de convencer al Redentor de que construya tres tiendas para Él, Moisés y Elías. Elocuentes son las palabras de Pedro a Jesús: “Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí” (Mt 17:4), como elocuente es el gesto del Salvador, que en ningún caso transige ante la propuesta.

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Podría decirse que la estufa no es mala en sí. Lo malo es mantener las puertas del templo de modo que ese calor se quede dentro y no acaricie al resto del mundo. Por ello mismo, la Comunión Anglicana es una Iglesia de puertas abiertas que trata de que el calor generado se comparta. De ahí iniciativas como Beer and Hymns que, escuchadas por unos oídos acostumbrados a una vida de Iglesia adornada de gravedad y sobriedad, pueden parecer casi sacrílegas. Sí, no se equivocan: lo que ven en el segundo plano de la foto sobre estas líneas son lápidas del cementerio de mi parroquia. Y lo que tres miembros de la comunidad están bebiendo es cerveza. Así, con una pinta en una mano y una hoja de cantos en la otra, los fieles de esta porción del Pueblo de Dios salen a la calle e invitan a la ciudadanía a sumarse a esta expresión de alegría y gozo cristiano.

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Tópicos y lugares comunes… en Inglaterra

Tópicos y lugares comunes hay en todos los sitios. Inglaterra no es distinta en eso. Pero diría que el mayor de los placeres es tener la oportunidad de descubrir que muchos de esos tópicos eran falsos. Ya me encargué de desmentir el tópico sobre el lenguaje hace varios dias. Llegar al país y comprobar que, en realidad, la gente de la calle no habla como nos hablaban en la escuela, no tiene mucho de placentero, eso sí he de reconocerlo.

Asi es como algunos conocen a este pais (Iturria: enroquedeciencia.blogspot.co.uk)

En cualquier caso, quisiera, antes de nada, advertir de algo sobre lo que leí hace algunos días. Los adalides del enfoque intercultural de la ensenanza de lenguas argumentan que las lenguas no estan disociadas del marco cultural al que pertenecen. Y que aprender lenguas extranjeras tiene que ver mucho con empaparse de los fenómenos culturales que rodean el nuevo idioma objeto de interés. No sé hasta que punto ello es cierto, pero me parece de lo más natural que una persona (sea profesora de lenguas extranjeras o no) que se quiera integrar en un país por la via rápida se interesa por los usos y contumbres de esa patria de acogida; por su historia; por su particular manera de entender las relaciones sociales; por su comunicación a todos los niveles, incluido el “no verbal”; por su trayectoria política y económica a través de los tiempos; por el tipo de entretenimiento que allí se estila… Todo, absolutamente todo. Se trata, por consiguiente, de llevar a cabo un procedimiento de inmersión total, no ya sólo en la lengua local, sino en todo aquel caldo de cultivo cultural que sirve de soporte y, a un tiempo, de marco a esa lengua.

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Sobre el Brexit (y II)

Trataré de hacer alguna aproximación a lo que yo creo que va a suceder en el Reino Unido allá por 2019. No es la primera vez que lo digo, me hago cargo, pero creo que la filosofía de este país es aquella que podría resumirse en la máxima “sea como sea, siempre saldremos ganando”.

Y, más allá de que el espectro político esté tan dividido como la propia población en cuanto a su parecer a propósito de la salida de la Unión Europea, es patente el amor y la pasión con la que esta gente defiende su patria. No deja de ser curioso que se sirvan de esa misma pasión y ese mismo amor para criticar sin piedad aquellas cuestiones que les disgustan. Así pude comprobarlo hace unos días cuando recababa el testimonio del hijastro del señor de la casa. Parafraseando su amarga reflexión, “muchos británicos odian a su patria” venía a ser la base de un discurso en el que menudeaban las críticas al gobierno así como la excesiva presión fiscal y la carestía de la vivienda.

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Irudia: bbc.com

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Sobre el Brexit (I)

De entrada, he de decir que respeto profundamente las decisiones que cada ciudadano de este país haya podido hacer en el pasado, haga en el presente y haga en el futuro. No podría ser de otro modo. Como suele decirse, “nobleza obliga”. No he venido hasta aquí a dar lecciones a nadie y, por más que otros emigrantes lo estén haciendo, creo que nadie es digno de hacerlo. La autoestima ha de ser máxima, evidentemente, pero también el saber estar y ocupar el lugar que me corresponde en esta sociedad que:

  • Me ha acogido.
  • Me ha concedido un lugar de residencia.
  • Me permite disfrutar de las mismas oportunidades de las que ya gozan los nativos -aún con ciertas reservas, ya que, de facto, en el día a día, resulta patente que un ciudadano europeo no goza de tantas prerrogativas aquí como disfrutaría si se establece en cualquier otro país de la UE-.

No obstante, uno tiene ojos y oídos. Ayer mismo, según me acercaba a mi parroquia, me percaté -vaya despiste el mío- de que la bandera de San Jorge ondea junto a la torre del templo. Me dije a mi mismo: “qué mejor bandera que ésta: la de un país que exhibe una cruz cristiana en su enseña”. A los pocos segundos, un miembro del coro de la parroquia se me acerca y, tras felicitarle por haber tenido la idea de colocar la bandera de Inglaterra en su templo (adherido a la Iglesia de Inglaterra -Church of England-), me dice que está horrorizada por la reciente llamada a las urnas proclamada por la primera ministra Theresa May. De propina, me confiesa -al oído, porque a pocos metros llegan otros dos miembros de la agrupación coral-: “Yo no voté a favor del Brexit”.

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Gente ordinaria. Dios Extraordinario.

Nunca imaginé que la vida de una comunidad parroquial pudiera ser tan pujante, boyante, floreciente. Los británicos usarían la palabra thriving para definir esa sensación. Mi parroquia is thriving, hasta el punto de tener una especie de tagline -tan propia de los proyectos empresariales o las marcas registradas: una especie de lema que la convierte en algo inconfundible-. Tan pronto como uno traspasa el umbral de entrada para participar en la Eucaristía dominical o cualesquiera servicios, algún miembro veterano de la congregación le entregará un folleto explicativo sobre la parroquia y se topará, directamente, con un Ordinary People. Extraordinary God. De repente, a uno le dan ganas de preguntar… ¿de dónde ha salido esta gente? No es habitual, de buenas a primeras, encontrarse en una comunidad en la que hay un lema.

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Uno más en la familia

Es así como me siento. No creo en las casualidades, sino en que las cosas suceden por una razón. Haber recalado en una ciudad que se ajusta perfectamente a mis expectativas; gozar de una buena salud en un marco incomparable como es Essex; sentir que este país está lleno de oportunidades laborales -a pesar de la candente amenaza del Brexit a dos años vista-; comprobar como voy progresando, poco a poco, en mi competencia lingüística… Todo contribuye a que me sienta como en casa. Cuando uno abandona su tierra, como hizo Abraham, alentado por la promesa de un futuro mejor.

Primavera en la ciudad… y primavera en el corazón

Así es como se sienten tantos y tantos emigrantes. Evidentemente, excluyo de ese grupo a los refugiados que desgraciadamente abandonan su tierra forzados por las circunstancias y prácticamente sin elección posible. Por consiguiente, soy un afortunado que ha tenido ocasión de elegir entre marchar o quedarse. No me arrepiento de mi decisión. La fortuna sonríe a los valientes… hasta el punto de que comienzan a producirse pequeños -grandes más bien- milagros: una serie de circunstancias que para el incrédulo pueden deberse más bien a la casualidad que a la conjunción de los astros, como diría aquél.

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Cielo estrellado en Essex

Las calles de mi ciudad no están tan iluminadas como las de mi ciudad… natal. El riesgo de tropiezo en estas zonas alejadas del centro urbano es evidente, aunque la ventaja es igualmente clara: contemplar el cielo estrellado en días despejados no tiene precio. Y es así como habitualmente termino el día. Mientras regreso a casa, miro de reojo el firmamento -no sea que me tropiece con alguna grieta en el pavimento- y disfruto lo indecible.

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Cielo prácticamente despejado sobre Essex, horas antes del cambio al horario de  verano

Por otro lado, cuesta creer que los automovilistas tengan tanta paciencia. Hace un par de días escuché el primer claxon de un automóvil… casi un mes después de mi llegada y en plena hora punta de tráfico. Para mi sorpresa, la conductora era una viejecita de unos 70 años, no una persona de edad mediana, que habría sido lo lógico en mi tierra natal.

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