Sobre el Brexit

De entrada, he de decir que respeto profundamente las decisiones que cada ciudadano de este país haya podido hacer en el pasado, haga en el presente y haga en el futuro. No podría ser de otro modo. Como suele decirse, “nobleza obliga”. No he venido hasta aquí a dar lecciones a nadie y, por más que otros emigrantes lo estén haciendo, creo que nadie es digno de hacerlo. La autoestima ha de ser máxima, evidentemente, pero también el saber estar y ocupar el lugar que me corresponde en esta sociedad que:

  • Me ha acogido.
  • Me ha concedido un lugar de residencia.
  • Me permite disfrutar de las mismas oportunidades de las que ya gozan los nativos.

No obstante, uno tiene ojos y oídos. Ayer mismo, según me acercaba a mi parroquia, me percaté -vaya despiste el mío- de que la bandera de San Jorge ondea junto a la torre del templo. Me dije a mi mismo: “qué mejor bandera que ésta: la de un país que exhibe una cruz cristiana en su enseña”. A los pocos segundos, un miembro del coro de la parroquia se me acerca y, tras felicitarles por haber tenido la idea de colocar la bandera de Inglaterra en su templo (adherido a la Iglesia de Inglaterra -Church of England-), me dice que está horrorizada por la reciente llamada a las urnas proclamadad por la primera ministra Theresa May. De propina, me confiesa -al oído, porque a pocos metros llegan otros dos miembros de la agrupación coral-: “Yo no voté a favor del Brexit”.

Desde que llegué a este país, dejé mi traje de periodista colgado en el armario. Como diría mi difunta abuela, “oír, ver y callar”. Lógicamente, llegará el día en que -me dejen votar o no- podré expresar (o no) mis pareceres en materia política. No ahora, evidentemente: no sería prudente ni digno por mi parte. De hecho, ayer mismo me decía el señor de la casa: “¿Estás tratando de entender la política británica? Yo nací aquí y no la entiendo”. A renglón pasado, me espeta, con un rictus despreocupado, que el país está absolutamente dividido por el Brexit.

Creo que los británicos habrán de hacer lo que les venga en gana. Es la voluntad de un país la que debe prevalecer. Aquí, por lo menos, se llevan a cabo referéndums, no como en cierto país que yo me sé. De modo que -vuelvo a mentar a mi abuela- oír, ver y callar.

Gente ordinaria. Dios Extraordinario.

Nunca imaginé que la vida de una comunidad parroquial pudiera ser tan pujante, boyante, floreciente. Los británicos usarían la palabra thriving para definir esa sensación. Mi parroquia is thriving, hasta el punto de tener una especie de tagline -tan propia de los proyectos empresariales o las marcas registradas: una especie de lema que la convierte en algo inconfundible-. Tan pronto como uno traspasa el umbral de entrada para participar en la Eucaristía dominical o cualesquiera servicios, algún miembro veterano de la congregación le entregará un folleto explicativo sobre la parroquia y se topará, directamente, con un Ordinary People. Extraordinary God. De repente, a uno le dan ganas de preguntar… ¿de dónde ha salido esta gente? No es habitual, de buenas a primeras, encontrarse en una comunidad en la que hay un lema.

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Uno más en la familia

Es así como me siento. No creo en las casualidades, sino en que las cosas suceden por una razón. Haber recalado en una ciudad que se ajusta perfectamente a mis expectativas; gozar de una buena salud en un marco incomparable como es Essex; sentir que este país está lleno de oportunidades laborales -a pesar de la candente amenaza del Brexit a dos años vista-; comprobar como voy progresando, poco a poco, en mi competencia lingüística… Todo contribuye a que me sienta como en casa. Cuando uno abandona su tierra, como hizo Abraham, alentado por la promesa de un futuro mejor.

Primavera en la ciudad… y primavera en el corazón

Así es como se sienten tantos y tantos emigrantes. Evidentemente, excluyo de ese grupo a los refugiados que desgraciadamente abandonan su tierra forzados por las circunstancias y prácticamente sin elección posible. Por consiguiente, soy un afortunado que ha tenido ocasión de elegir entre marchar o quedarse. No me arrepiento de mi decisión. La fortuna sonríe a los valientes… hasta el punto de que comienzan a producirse pequeños -grandes más bien- milagros: una serie de circunstancias que para el incrédulo pueden deberse más bien a la casualidad que a la conjunción de los astros, como diría aquél.

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Cielo estrellado en Essex

Las calles de mi ciudad no están tan iluminadas como las de mi ciudad… natal. El riesgo de tropiezo en estas zonas alejadas del centro urbano es evidente, aunque la ventaja es igualmente clara: contemplar el cielo estrellado en días despejados no tiene precio. Y es así como habitualmente termino el día. Mientras regreso a casa, miro de reojo el firmamento -no sea que me tropiece con alguna grieta en el pavimento- y disfruto lo indecible.

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Cielo prácticamente despejado sobre Essex, horas antes del cambio al horario de  verano

Por otro lado, cuesta creer que los automovilistas tengan tanta paciencia. Hace un par de días escuché el primer claxon de un automóvil… casi un mes después de mi llegada y en plena hora punta de tráfico. Para mi sorpresa, la conductora era una viejecita de unos 70 años, no una persona de edad mediana, que habría sido lo lógico en mi tierra natal.

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Vivir en inglés

A pocos días para que se cumpla mi primer mes en este increíble país, he pensado que ya es momento de hacer balance sobre mis primeras impresiones.

Más de uno cree que, si bien sólo han transcurrido 20 días, ya soy como un inglés de pro perfectamente integrado en la vida cotidiana del país. Nada más lejos de la realidad: la lengua que nos enseñaron en la escuela o la ikastola no tiene nada que ver con el idioma que aquí se habla. De hecho, como bien saben los expertos en lingüística, nunca se persiguió una enseñanza del inglés focalizada en la conversación y el uso natural y cotidiano de la lengua, sino meramente en la gramática. De poco nos sirve escribir un inglés decente si las rutinas diarias van desde hacernos entender en el supermercado a preguntar sobre un lugar al que deseamos ir; pasando por interactuar en una biblioteca, en la Universidad o, qué narices, en la taquilla del multicine.

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Reflexiones a propósito de la vida… y la muerte

Uno de mis tíos está a punto de morir anticipadamente, víctima de un cáncer más bien galopante que le afecta al esófago. La muerte es nuestro sino como seres humanos que somos. Pero es lamentable que haya personas que no alcancen la plenitud antes de dar ese paso; y, lo que también es muy triste, mueran antes de lo que habría sido deseable e incluso lógico desde un punto de vista de vista meramente fisiológico.

 

Sólo Dios sabe cuántos días o semanas le quedan. Por eso, antes de que la emoción me invada, prefiero hacer de modo anticipado algunas reflexiones al hilo del que parece ser su inminente deceso. Y, si sirve a modo de obituario, adelante pues.

  1. Mi tío no sacó el máximo meollo a la vida. Desoyendo los consejos del insigne profesor Keating -siempre lo recordaremos gracias a la película El Club de los Poetas Muertos-. En vez de explorar nuevos universos, se conformó con ver la vida pasar. Aún lo recuerdo viendo un documental sobre algún paraje paradisíaco y diciendo, con aire socarrón: “Es un sitio cojonudo, ¿verdad? Pues mírame, bien cómodo que estoy viéndolo desde el salón de mi casa”. En realidad, mi tío pasó los mejores años de su vida saliendo de su casa para ir al taller; del taller al bar; y del bar a su casa. Una vez jubilado, de su casa al bar y del bar a su casa. Salvo honrosísimas excepciones -y a falta de conocer cómo pasó su primera juventud y sus años antes de casarse con mi tía-, no fue a setas, no pescó, no cazó, no fue al monte, no fue al cine, no fue a bailar, no coleccionó sellos o monedas, no leyó, no cocinó en una sociedad gastronómica. Esta larga enumeración no está escogida al azar, sino inspirada en la vida de mi señor padre, pero que podría corresponderse con un buen número personas jubiladas o incluso sin jubilar.
  2. Mi tío fue un hombre triste que lo tuvo a su favor y que, sin embargo, no supo apreciarlo. Tuvo un buen empleo (fijo) como gemólogo-joyero; compró un buen apartamento; vivió una vida acomodada de clase media; tuvo hijos; y, sobre todo, una estupenda esposa que se desvivió por él, hasta el punto incluso de abandonar una prometedora carrera profesional en el sector del secretariado de dirección… Sin embargo, fue capaz de decir -según testimonio de mi tía-, ya en su jubilación, que la vida era una mierda. Que se lo diga a las decenas de miles de jóvenes estancados profesionalmente y sin apenas perspectivas.
  3. Mi tío se casó con una flor (mi tía) y, a base de frialdad e indiferencia hacia ella, la flor terminó marchitándose. La enfermedad física que sufre tiene probablemente origen genético, ya que tanto mi madre como dos de mis otras tías y quien fuera su madre, mi difunta abuela, también la han padecido. Sin embargo, la enfermedad mental de mi tía no fue causada precisamente por una herencia genética, sino probablemente por la toxicidad (créditos para el bueno de Bernardo Stamateas) de su marido. Su inminente fallecimiento podría representar una nueva oportunidad vital para ella… siempre y cuando los daños en su psiqué no sean ya irreversibles, cosa que está aún por ver.
  4. Mi tío castigó su salud hasta límites insospechados. Fumó como un carretero y bebió como un cosaco. Que el alcohol puede resultar una droga es algo que la ciencia médica ha demostrado hace tiempo, aunque en el caso del tabaco la evidencia aún más sostenida. Como todo el mundo sabe, fumar como si no hubiera mañana no implica necesariamente contrar un cáncer. Sin embargo, la ciencia médica ha sabido también demostrar que cada cigarrillo -con su correspondiente carga de arsénico, alquitrán y otras sustancias que prefiero no recordar (acabo de comer)- supone un boleto más en la gran rifa cancerígena. La pregunta que me surge (y no es la primera vez que aludo a ello) es: ¿Cuánto tiempo más dejaremos pasar antes de llevar a las empresas tabacaleras ante el Tribunal Internacional de La Haya bajo acusación de Crímenes contra la Humanidad?

A nadie le hace gracia celebrar un funeral cuando la vida que se va pudo ser distinta: más sana, más plena… No me cabe ninguna duda de que mi tío alcanzará la Gloria, a menos que haga gala -Dios no lo quiera- de una soberbia olímpica. Tout es pardonné. Estoy imaginando su cara de asombro mientras se dice a sí mismo, sonriendo: “La ostia, viví como un julay… pero hay que joderse, ¡la suerte que he tenido de llegar a donde ahora estoy!”. Así sea. Goian bego. Requiescat in pace.

“Andereños del Islam”

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He querido reproducir de modo íntegro la portada periodística con la que hace unos días me desayunaba merced a un colega que me puso sobre aviso a propósito de la noticia (inquietante noticia, a mi entender). Hemos pasado mucho tiempo tratando de hacer entender a autoridades académicas, padres e incluso adolescentes y jóvenes sobre la conveniencia de que en cada ámbito vital se hagan las cosas con un mínimo de serenidad, equilibrio y, sobre todo, sentido común.

En España rige un statu quo peculiar, en el que el Estado mantiene un estrecho acuerdo con la Iglesia Católica Romana. Si bien se trata de un trato más que polémico, también es justo reconocer que, merced a la Iglesia Católica Romana, en España son muchas las personas que se benefician de ese statu quo (personas necesitadas y en riesgo de exclusión, merced a Cáritas, por poner un sencillo ejemplo). Sin embargo, no es ése el tema del que quería hablar hoy.

Me refería líneas más arriba al sentido común, aquél al que algunos llaman el menos común de los sentidos. Como decía, al hablar del ámbito vital, hay sitio para todo: la religión, entendida como vivencia que compartir con adeptos de un mismo credo, ha de vivirse en el templo. Llámesele parroquia o mezquita, pero templo, a fin de cuentas. Sin embargo, el estudio del hecho religioso en todas sus facetas e independiente de un credo concreto es harina de otro costal y objeto de estudio como tal en el ámbito educativo.

Se ha luchado -y se sigue luchando- porque la gente comprenda que las escuelas de nuestras ciudades no son extensiones de las parroquias de unas y otras confesiones cristianas. Son simplemente centros educativos donde, en el marco de la educación integral de sus alumnos, se imparte también una asignatura que podrá llamarse “religión”, “marco cultural judeo-cristiano” o como ustedes quieran llamarla; pero que, en cualquier caso, no ha de compararse con una catequesis propia de parroquias.

Por consiguiente, si no vamos a convertir la clase de religión en una catequesis cristiana, ¿por qué habríamos de convertirla en un adoctrinamiento musulmán? La clase de “marco cultural judeo-cristiano” adquiere su máxima importancia si tenemos en cuenta que ése es el mundo que vivimos, lo cual no es óbice para que precisamente en el ámbito de esa asignatura se hable del Islam, religión que cuenta con cientos de miles de adeptos en el mundo.Y es bueno que así siga siendo.

No puede pretenderse otra cosa, por lo que me pregunto en qué estaría pensando el redactor/editor de EL CORREO al colocar en su portada semejante titular. No pueden exister andereños del Islam salvo precisamente en aquellos países donde el Islam adquiere su máxima expresión. ¿O es que acaso tendría algún sentido llevar a profesoras de cristianismo a una escuela de Dubai?

Claro que, últimamente, nos estamos volviendo un poco locos con todo esto del multiculturalismo, probablemente porque lo hemos entendido bastante mal. El mundo ya es multicultural “per se” y no es necesario forzar las cosas. De modo que, para andereños, nos bastan con las que ya enseñan a nuestros niños un compendio de asignaturas (llamémosle currículo educativo) que puede considerarse, en cualquier caso, como un intento por brindar a los alumnos una educación integral. La agenda de nuestros pequeños y jóvenes ya está demasiado agostada como para, además, meterles una asignatura en la que, en el mejor de los casos, se les va a hablar de un sustrato socio-religioso que les pilla muy, muy, muy lejos. Cada quien en su casa; y Dios en la de todos. Zapatero a tus zapatos. Cada mochuelo en su olivo.